Sin Que Se Enteren- Epilogo

Epilogo

Dos años después

El jardín está lleno de luces colgantes y mesas pequeñas decoradas con flores silvestres. Risas, música suave, niños corriendo. Y en el centro, Eir, con un vestido blanco y una corona de margaritas que ya está algo torcida.

Hoy cumple dos años.

Camina torpemente hacia mí, con los bracitos extendidos y esa sonrisa que todavía me cuesta creer que heredó de mí. Me agacho y la levanto en el aire, girándola mientras ella ríe con esa risa que lo cura todo.

Mel nos mira desde la terraza. Está hablando con mamá, pero sus ojos están en nosotras. Siempre están. Y yo no me canso de mirarla. Ni ahora, ni nunca.

La vida no fue fácil con nosotros. Pero nunca nos mintió. Nos hizo luchar por lo que queríamos. Nos hizo defender nuestro amor a gritos y en silencio. Nos arrancó cosas, sí, pero también nos las devolvió de otra forma.

Eir viene corriendo otra vez, esta vez con un dibujo mal hecho en la mano. Son tres palitos torcidos. Una figura más grande, una mediana, una pequeña. Un sol con cara. Y una palabra escrita a su modo:

“Familia.”

Y lo es.

Sin sangre. Sin normas. Sin permiso.

Pero familia, al fin.

Mel se acerca, me abraza por detrás y apoya la cabeza en mi hombro.

—¿Lo ves? —me dice, con voz suave—. Valió la pena.

Yo asiento. No digo nada. Porque ya lo he dicho todo. Porque ahora solo quiero vivirlo.

Y mientras Eir corre a buscar más globos y la tarde se tiñe de ese dorado cálido de los finales felices, pienso:

Sí. Todo valió la pena.

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