QUE COMIENCE LA ACCIÓN
[JULIETA]
7:58 a.m. y ya estoy parada frente a su puerta. Me niego a darle la más mínima excusa para que me pida que no regrese. Soy muy consciente de que mi futuro depende del señor Montenegro —alias señor insoportable— y no pienso arriesgarlo, aunque tenga que soportar la peor parte de su carácter.
Respiro profundo, me repito que hoy será un día increíble y finalmente golpeo la puerta.
—¡Ya voy! —escucho del otro lado, seguido de sus pasos acercándose—. Qué puntual, señorita Montiel —dice mientras abre.
Y cuando la puerta termina de abrirse, ahí está. Con una simple toalla atada a la cintura, gotas de agua resbalándole por el rostro, por el pecho… hasta desaparecer al llegar a la toalla. Hago un esfuerzo consciente por no prestarle demasiada atención a lo trabajado que tiene el cuerpo.
¿Cuántos años tiene? ¿39? ¿40? ¿45? Me odio por pensarlo y trato de sacármelo de la cabeza de inmediato.
—Usted me pidió que estuviera aquí a las ocho en punto, y eso hago. Pero si lo prefiere, puedo regresar en unos minutos para que se vista —digo, intentando mantener la mirada en su rostro. A él parece no incomodarle en lo absoluto estar así, casi desnudo, frente a una desconocida.
Sonríe y abre más la puerta para que entre.
—La suite es lo suficientemente grande como para que me esperes aquí mientras me cambio en la habitación —indica, y cierra la puerta detrás de mí.
—Como usted guste. Mientras se cambia, ¿desea que haga alguna reservación o trámite? —pregunto con tono profesional.
—Iremos a desayunar a Mon Ami Gabi, en el hotel Paris. Reserva una mesa en el patio —ordena mientras se aleja hacia la habitación.
—Por supuesto —respondo, y en cuanto se pierde de vista, saco el teléfono para buscar el número del restaurante.
Mientras hago la reserva, me acerco al enorme ventanal de la suite. La vista es increíble. Las Vegas Strip parece un desierto a esta hora: calles tranquilas, el sol apenas subiendo, los restos de una noche larga aún en el aire. Esta ciudad vive de noche; solo los que vienen por negocios o compromisos caminan tan temprano por aquí.
Charlotte, al otro lado de la línea, confirma la mesa para dentro de 20 minutos. Cuelgo justo cuando su voz vuelve a interrumpir mis pensamientos.
—¿Confirmada la reserva?
—Sí —respondo, volteando a mirarlo.
De acuerdo… He tenido muchos clientes de alto poder adquisitivo, pero pocos con tanta presencia como él. Jean oscuros, camisa blanca remangada, zapatos color café con cinturón a juego. Todo, por supuesto, de una calidad impecable. Probablemente lleva el valor de un alquiler mensual encima.
—Vamos —dice mientras toma su billetera y celular del escritorio.
—¿Taxi, Uber, transporte privado o limusina? —pregunto, lista para organizarlo.
Él, en un gesto que no sé si es de caballerosidad o costumbre, me abre la puerta para dejarme salir primero.
—Caminando —responde al salir de la suite.
—¿Seguro? Estamos en primavera, y esto no es como Nueva York. Aquí hace bastante más calor —le advierto.
—Lo sé. Me gusta el calor. Además, no es verano aún; ahí sí que no se puede ni caminar —responde mientras se pone a mi lado, rumbo a los ascensores.
—Perfecto —me limito a decir, adelantándome para llamar el ascensor.
Siento su mirada sobre mí. Intento no prestarle demasiada atención.
—Me alegra que no uses tacones —dice, dejándome claro que, efectivamente, me estaba observando.
—Solo se usan por la noche o para eventos especiales. Recorrer los casinos de Las Vegas en tacones sería un error de principiante —respondo entrando al ascensor.
—Definitivamente lo sería. ¿Eres de aquí, de Las Vegas? —pregunta de repente mientras presiono el botón del lobby.
—No —respondo, breve. Pero su mirada espera más—. Nací en Miami. Mi padre es argentino, mi madre española.
Sonríe.
—Mi padre es español —comenta, tomándome por sorpresa.
—Interesante —respondo, sin saber bien qué más decir.
¿Se supone que tenemos que hacernos amigos? Me lo pregunto, confundida. Nunca paso todo el día con un cliente. Normalmente los acompaño al casino, a la puerta del restaurante, a un espectáculo si lo piden… pero esto, esto es otra cosa. Esto es 24/7.
—¿Y hace cuánto vives aquí? —sigue preguntando.
¿Y si lo hace para ponerme a prueba? ¿Una especie de test de paciencia?
—Cinco años.
—Sigo preguntándome por qué trabajas en esto… —comenta mientras salimos del ascensor y caminamos hacia la salida del hotel.
—No siempre se puede trabajar en lo que uno sueña. Pero no me quejo. Es interesante, se conoce gente que no conocería en otro tipo de trabajo —respondo, y nuevamente me abre la puerta para que pase. Empiezo a pensar que es parte de su personalidad.
—Entonces, ¿un día despertaste y decidiste que querías hacer esto, o cómo fue? —insiste, provocándome una sonrisa.
—Ojalá fuera así… —respondo, justo cuando el calor me golpea al salir del hotel. Me quito la americana para no asarme viva.
—¿Y cómo fue? —pregunta con una terquedad que raya en lo incisivo.
—Hice una licenciatura en Relaciones Internacionales. Quería ser diplomática, trabajar en asuntos exteriores… pero nada salió como planeaba. Conseguí un puesto como relacionista pública en un casino en Miami, y de ahí me recomendaron para este trabajo. Y bueno, aquí estoy, asistiendo al señor Montenegro —respondo sin ocultar cierta ironía.
—Una mujer muy preparada —comenta mientras subimos por la escalera mecánica que cruza la calle.
—Se podría decir que sí.
—¿Por eso te asignaron a mí y no a otra persona? —cuestiona.
—No lo sé. Solo me pidieron que lo asistiera de la mejor manera posible —respondo sin mencionar nada sobre Fernando Castillo. No quiero que lo sepa.
—El señor Castillo me conoce bien. Sabe que soy muy exigente con la gente que trabaja conmigo… o para mí. Si te eligió, es porque tiene planes grandes contigo. O está poniéndote a prueba —dice, y me sorprende lo certera que suena su deducción.
—Puede ser —respondo, sin querer entrar en más detalles.
¿Y si tienen un acuerdo? mi mente ya empieza a imaginar cosas. No quiero sugestionarme, pero tampoco puedo evitarlo.
—Tú solo encárgate de hacer bien tu trabajo. Yo me encargaré de darte las mejores recomendaciones… y una propina digna —dice, y por un segundo el “señor insoportable” no me parece tan insoportable.
—Cuente con ello —respondo, esta vez un poco más relajada. Empiezo a creer que no todo está perdido… como creía hasta ayer.
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