TRATOS
[MATEO]
Dos cafés, croissants y un poco de fruta para desayunar. La observo revisar su celular, completamente concentrada, deslizando el dedo con agilidad sobre la pantalla, como si tuviera todo bajo control. Me pregunto qué tanto mirará: ¿correos del trabajo?, ¿notas de la agenda?, ¿mensajes personales? No lo sé, pero la veo tan metida en eso que me da curiosidad.
—¿Todo en orden? —pregunto con tono casual.
De inmediato deja el teléfono sobre la mesa, como si hubiera sido sorprendida robando algo.
—Sí, lo siento. Solo respondía unos correos del trabajo —dice, y da un sorbo a su café. Luego, levanta la mirada con una media sonrisa—. Creí que usted sería el que estaría pegado al celular durante todo el desayuno —comenta.
Sonrío también. Tiene razón en pensarlo, es lo típico en alguien como yo.
—Vine aquí buscando escapar de los problemas. Y el celular es, probablemente, la herramienta más eficiente para traerlos de vuelta —explico, encogiéndome de hombros.
Ella frunce ligeramente el ceño, con una mezcla entre sorpresa e incredulidad.
—Con todo respeto, ¿qué empresario apaga su celular durante una semana?
—Yo. —Me inclino hacia atrás en la silla, relajado—. Además, he decidido que no será solo una semana, sino dos.
Ahí sí que se le descoloca el rostro.
—¿Dos semanas? —repite, como si la idea fuera impensable.
—Dos —confirmo, y le doy un mordisco al croissant.
Puedo ver cómo sus pensamientos empiezan a procesar esta nueva información. Tal vez tenía su semana perfectamente planificada… y acabo de desordenársela por completo. Pero no dice nada, y su autocontrol es digno de admirar.
Julieta Montiel. Misteriosa, profesional, elegante. Es como una caja fuerte: bonita por fuera, imposible de abrir por dentro. Llevo años tratando con personas como ella, pero esta mujer… hay algo que no logro descifrar. Y no puedo evitar querer hacerlo.
—¿Puedo preguntar por qué tomó esa decisión, señor Montenegro? —inquiere, midiendo sus palabras.
Decirle que estoy huyendo de Sara y sus intentos desesperados por reconquistarme no es una opción. Ni quiero, ni debo traer esa historia aquí.
—Simplemente quiero paz. Y además, tengo la impresión de que contigo conoceré Las Vegas como nunca antes —respondo con naturalidad, una mezcla de verdad y mentira. Lo cierto es que sí creo que Julieta puede mostrarme una cara distinta de esta ciudad.
Ella solo me mira. Hay algo en su forma de mirarme que me recuerda a los analistas financieros: evalúan todo, pero nunca dicen lo que piensan. Después de unos segundos, sonríe levemente, sin mostrar los dientes.
¿Le agrada la idea? ¿Le incomoda? ¿Tenía planes? ¿Alguien esperándola? No tengo idea. Pero empiezo a sospechar que su tiempo es más valioso de lo que aparenta.
—Claro. Conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Solo debe decirme qué tipo de actividades le interesan —responde, retomando su rol profesional, esa coraza que parece haberse construido con años de práctica.
Tomo un sorbo de café sin apartar la mirada de ella. Me intriga, y no solo por su físico. Es más que eso. Es esa mezcla de firmeza y vulnerabilidad que se adivina apenas por segundos.
—¿Qué es lo que la señorita Montiel me recomendaría hacer? —pregunto, y cruzo los brazos sobre la mesa, relajado, esperando su reacción.
Actúa al instante. Saca su tablet del bolso negro que no suelta ni por un segundo, desliza el dedo con destreza y revisa lo que claramente es una agenda digital.
—Según mis notas, no quiere sugerencias de shows, conciertos ni restaurantes —me recuerda con precisión.
—Exacto.
—Entonces puedo recomendarle unos magníficos campos de golf, si le gusta este deporte. También los mejores casinos para póker, blackjack, ruleta o dados. Spas de primer nivel, clubes de día, rooftops, piscinas exclusivas, discotecas con DJs internacionales… También podría llevarlo a algunas excursiones fuera de la ciudad, como el Gran Cañón o Red Rock. Hay opciones de sobra.
Escucho atentamente. La mayoría suena bien. Pero aún no quiero que esto se convierta en otro itinerario predecible.
—¿Y tú qué quisieras hacer? —pregunto, directo, sin rodeos.
Sus ojos marrones se cruzan con los míos. Esta vez hay un leve temblor en su mirada. No se lo esperaba.
—Aquí no se trata de lo que yo quiera hacer, sino de lo que usted quiera hacer —responde firme.
Sonrío.
Me inclino un poco más hacia la mesa, acortando la distancia. No es coqueteo, es desafío.
—Señorita Montiel, he viajado por todo el mundo. Conozco los lugares más increíbles, los mejores restaurantes, los spas más exclusivos, los campos de golf más verdes… No vine aquí a seguir siendo un turista más. Vine para divertirme, para despejarme, para olvidarme de todo. Así que vuelvo a preguntar: ¿qué es lo que tú quisieras hacer?
Por primera vez, noto que no tiene una respuesta lista. Esa seguridad tan suya se tambalea un poco.
—¿De verdad quiere que lo lleve a los lugares que a mí me gustan?
—Sí —respondo sin dudar.
—¿Y si no le gusta?
—Volveré a ser yo quien elija. —La miro con complicidad—. ¿Trato hecho?
Sonríe, y hay algo distinto en esa sonrisa. Más honesto. Más ella.
—Perfecto. Entonces, saliendo de aquí, nos iremos a la vieja Las Vegas.
Esa respuesta me toma por sorpresa… y me gusta.
—Perfecto —repito, y por primera vez en mucho tiempo, no saber lo que voy a hacer me resulta… emocionante.
—Solo tengo una petición —añado, ya terminando el desayuno.
—Dígame —dice mientras deja su taza sobre el platillo con elegancia.
—Que esta noche me lleves al mejor casino de todos.
Julieta asiente, con esa leve sonrisa que ya estoy empezando a reconocer.
—Por supuesto, señor Montenegro.
Y de pronto, todo esto empieza a sentirse… como el comienzo de algo mucho más interesante que unas simples vacaciones.
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