PROTEGERLOS
[ZAED]
Cuando la puerta se cierra detrás de Luan, siento que Alya se desploma por dentro. No físicamente al principio… pero lo veo. Lo siento. Es como si el mundo le arrancara algo vital. Se queda de pie, inmóvil, mirando al vacío. Su respiración se corta. Sus manos tiemblan.
La llamo con suavidad:
—Alya… ven aquí, amor.
Pero ella no reacciona. No oye. O sí oye, pero no puede moverse. Doy dos pasos hacia ella justo cuando su cuerpo por fin cede. La agarro antes de que caiga. Su pecho sube y baja en espasmos irregulares.
—Ey, ey, estoy aquí. Respira conmigo.
Pero no puede. Está en shock. Está rota.
La llevo hasta el sofá, tan despacio como si fuera cristal. La arropo con la manta. Tomo sus manos. Están heladas.
—Todo lo que sientes es válido —le digo, tratando de sostenerla—. Te arrancaron un pilar. El único que te quedaba. Pero no está perdido, Alya.
Ella levanta la mirada. Y verla así es una puñalada limpia al alma.
—No sé cómo volver a mirarlo —susurra—. Él cree que lo traicioné…
La abrazo. La siento temblar contra mi pecho.
—Por eso —respiro hondo— quiero hablar con él.
Ella parpadea, sorprendida.
—¿Con Luan?
—No puedo quedarme quieto mientras te rompen por dentro. Si puedo explicarle algo, si puedo decirle la verdad, aunque me odie… voy a hacerlo.
Sus ojos se llenan de otra lágrima. No por dolor esta vez. De alivio. De miedo. De amor.
—Zaed… él te odió años. Y ahora… ahora que sabe todo…
—No necesito que me quiera —respondo sin dudar—. Necesito que entienda que tú no estás sola. Y que no voy a permitir que te quiebren emocionalmente porque ellos no supieron manejar su pasado.
Saco el teléfono. Mis dedos dudan un segundo, pero no retrocedo. Escribo:
Luan, soy Zaed. Sé que no tienes razones para escucharme, pero necesito que hablemos. Alya te necesita, aunque ahora no pueda decirlo. No quiero quitarte nada. Ni reemplazarte. Solo quiero que no la pierdas. Ni ella a ti. Dime cuándo y dónde. Iré yo.
Lo leo una vez. Dos. Y lo envío.
Alya se refugia en mi cuello. Sus manos me sujetan la camiseta como si la vida dependiera de eso.
—No tenías que hacerlo —murmura.
—Sí tenía —le digo, envolviéndola—. Lo haría mil veces si te doliera así.
Su respiración sigue temblando, pero su cuerpo poco a poco se ablanda en mis brazos. La mezo, lento. Su cabello roza mi mandíbula. Su piel está húmeda por el llanto.
—Intenta dormir un poco —susurro.
—Tengo miedo —admite con la voz desgarrada—. Miedo de cerrar los ojos y que mañana todo siga igual…
Le tomo el rostro entre mis manos.
—No va a seguir igual —prometo—. Porque estamos juntos. Y vamos a enfrentarlo. No sola. Nunca más sola.
Ella asiente, derrotada y valiente a la vez. Se recuesta en mi regazo. Acaricio su cabello despacio hasta que su respiración comienza a estabilizarse.
Justo cuando está quedándose dormida, me pregunta:
—¿Y si Luan no responde?
La beso en la frente.
—Entonces iremos nosotros. No voy a permitir que pierdas a tu hermano.
Ella se hunde un poco más en mí. Cansada. Rota. Viva.
—Gracias… por quererme así —susurra justo antes de dormirse.
—Siempre —respondo.
Y lo digo con todo lo que soy.
Me quedo así, sentado en el sofá, sosteniéndola. Una mano en su espalda. La otra descansando sobre su vientre, donde late la vida que creamos en medio de la guerra.
Miro el teléfono. La pantalla sigue en silencio. Ni un solo mensaje de Luan. Aprieto la mandíbula. Mi pecho se tensa, pero sé algo con certeza:
No voy a permitir que el mundo vuelva a arrancarle lo que ama. No voy a permitir que la familia que estamos creando muera antes de comenzar. No voy a permitir que las decisiones de nuestros padres se traguen nuestro futuro.
Alya duerme sobre mí, respira lento. Por fin en calma.
Y mientras la sostengo, hago una promesa silenciosa:
Voy a traer a Luan de vuelta. Voy a proteger a Alya. Voy a proteger a nuestro hijo. Y nadie —ni mi padre, ni el suyo, ni el pasado que casi nos destruye— va a impedirlo.
Deja un comentario