LA VIDA DESPUÉS DE TI-LO QUE QUEDÓ

LO QUE QUEDÓ

[ASLI]

Casi un año después: 1 de enero de 2020

París, Francia

La cabeza me late como si alguien hubiese decidido golpearme desde dentro con un martillo diminuto e insistente. Supongo que no podía esperar menos después de las dos botellas de champagne que vaciamos anoche, celebrando un año nuevo que llegó sin pedir permiso, como todo lo importante en mi vida últimamente.

Sus brazos me rodean con esa seguridad que ya conozco de memoria, apretándome contra su pecho desnudo. Su piel aún conserva el calor de la madrugada y ese perfume que parece no abandonarlo nunca —Armani Code—, una fragancia que se ha vuelto parte de mi rutina, de mis noches y de mis despertares. Hay aromas que se instalan en la memoria sin pedir permiso, y este es uno de ellos.

—Feliz año nuevo, reina —me susurra al oído.

Su voz es grave, baja, cargada de intención. Sus labios encuentran mi cuello con la naturalidad de quien sabe exactamente dónde tocar. Cierra el círculo con besos lentos, calculados, como si quisiera convencerme de que no hay prisa, de que el tiempo se detiene cuando estamos así.

Consigo girarme entre sus brazos y quedo frente a frente con esos ojos grises que han sido mi refugio durante todo este tiempo. Aún me sorprende pensar que estoy aquí, en París, en esta cama, con él. Con el hombre que conocí hace casi un año en una reunión de negocios, cuando creí que iba a encontrarme con su padre y terminé encontrándome con un destino completamente distinto.

Desliza la sábana hacia un lado y se acomoda sobre mí, haciendo que cada centímetro de su cuerpo se haga presente. Nada queda del empresario serio, de los trajes impecables, de las reuniones interminables. Aquí es solo Benicio, piel contra piel, respiración compartida.

—¿Continúo? —pregunta con una sonrisa ladeada—. Creo que tienes una jaqueca terrible.

Sonrío a pesar del dolor de cabeza y llevo mis manos a su cuello, lo acerco sin darle opción a retirarse.

—Continúa —le pido—. Así seguro se me quita.

Su boca encuentra la mía y todo vuelve a comenzar. Me hace el amor con esa intensidad que lo caracteriza, con una mezcla perfecta de control y abandono. Es increíble, es envolvente… y aun así, en algún rincón de mi pecho, algo permanece intacto. Algo que no termina de desaparecer.

No es culpa suya. Nunca lo ha sido.

[…]

Cae a mi lado minutos después, respirando agitado. Desde esta cama enorme podemos ver la Torre Eiffel recortarse contra el cielo gris de París, majestuosa, eterna. Intento acompasar mi respiración con la suya mientras el silencio se instala entre nosotros, cómodo, casi doméstico.

Benicio es todo lo que muchas mujeres sueñan. Guapo hasta doler, inteligente, encantador, exitoso hasta el exceso. Asquerosamente millonario. Me ama, me cuida, me hace reír. Vivir con él es una aventura constante. En su mundo soy bienvenida, celebrada, protegida. Su familia me adora, sus tíos me tratan como si siempre hubiese pertenecido allí, y todos esperan el siguiente paso: boda, hijos, futuro.

Y aun así…

—¿Ha sido buena idea venir a pasar Año Nuevo a París solos, no? —me pregunta, acomodando un brazo bajo mi cabeza.

Me recuesto sobre su pecho, escucho su corazón.

—La mejor idea —respondo con sinceridad.

Lo abrazo con fuerza, intentando acallar los pensamientos que no me dejan en paz.

[…]

[BRANDON]

Estoy agotado. Tan cansado que ni siquiera tengo fuerzas para levantarme y reclamarle a Gianella que esté atendiendo una llamada telefónica un primero de enero por la mañana. Me limito a observarla desde la cama, apoyado contra el cabecero, con el cuerpo aún pesado por la noche anterior.

Camina por la habitación con un conjunto de lencería caro, impecable, como si incluso desnuda necesitara mantener el control del mundo. Da órdenes con naturalidad, como si no existiera diferencia entre una junta directiva y mi dormitorio. Gianella Franco nunca deja de ser Gianella Franco.

Es perfecta. Ojos azules, rasgos elegantes, cabello siempre en su sitio. Un cuerpo trabajado, intervenido, pulido hasta la perfección. Exitosa, admirada, aceptada sin reservas en mi entorno. Mi familia la adora, y eso —aunque no debería— me provoca una rabia sorda, difícil de explicar.

Esta historia es distinta. Lo que siento es distinto. Y aun así…

Asli nunca se ha ido del todo.

Ella fue esa relación que viví sin guiones, sin estrategia. La que ocurrió porque sí. La que me enseñó que las cosas más hermosas de la vida no se planifican. Que a veces basta con una noche, un club, un acto de valentía absurda, para cambiarlo todo.

—¿Has terminado de ser Gianella Franco? —pregunto cuando por fin cuelga.

Ella deja el móvil sobre la mesa, me sonríe con esa seguridad que la define y lleva las manos a su espalda para desabrocharse el sujetador, sin pudor, sin titubeos.

—Sí —responde—. Ya he terminado. Ahora puedo volver a ser tu prometida.

Se sube sobre mí, segura de su lugar, de su poder, de su futuro a mi lado. Sus labios buscan los míos con la intención clara de empezar el año como mejor sabemos hacerlo.

La abrazo.

Pero hay nombres que no se borran. Hay recuerdos que no obedecen. Y hay amores que, incluso cuando no están, siguen marcando el ritmo de tu corazón.

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