UNA OPORTUNIDAD
[CLAIRE]
No me aparto de inmediato.
Y eso es lo primero que me desconcierta.
Durante un segundo que se alarga más de lo que debería, me quedo ahí, con su mano aún en mi cintura, con su respiración tan cerca que resulta imposible ignorarla, con sus palabras todavía suspendidas entre nosotros como algo que no termino de procesar del todo. No es el beso lo que me descoloca, ni siquiera la forma en que respondió, sino lo que dijo después, la certeza con la que lo sostuvo, como si no hubiera espacio para interpretaciones ni margen para dudar.
Me enamoré de ti.
La frase se repite en mi cabeza con una claridad que no consigo reducir a nada lógico, y por un momento me resulta difícil reconciliar esa idea con la persona que tengo frente a mí. Adrien no es impulsivo, no es alguien que diga algo así sin medirlo, no es alguien que confunda atracción con algo más profundo, y sin embargo lo ha hecho sin vacilar, como si fuera la única conclusión posible.
Doy un pequeño paso atrás, no como rechazo, sino como una necesidad inmediata de recuperar algo de espacio.
—No entiendo —digo finalmente, sosteniendo su mirada aunque ya no sea tan firme como antes—. No entiendo cómo… tú…
La frase se queda incompleta, pero él la entiende.
Siempre lo hace.
Adrien no se mueve. No intenta acercarse de nuevo, pero tampoco permite que la distancia se convierta en una salida.
—¿Cómo yo qué? —pregunta con calma.
Exhalo despacio, intentando ordenar algo que claramente no responde a lógica.
—Cómo tú puedes enamorarte de alguien como yo.
El silencio que sigue no es largo, pero sí suficiente para que note el cambio en su expresión. No es sorpresa, ni confusión.
Es algo más cercano a incredulidad.
—¿Alguien como tú? —repite, con un tono más bajo.
Asiento levemente.
—Esto no encaja —continúo—. No tiene sentido.
No estoy intentando rechazarlo.
Estoy intentando entender.
—Tú tienes un mundo completamente definido, sabes exactamente cómo funcionan las cosas, sabes lo que quieres, lo que te conviene, lo que esperas de alguien… —hago una pausa breve—. Y yo no encajo en nada de eso.
Adrien me observa en silencio durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cómo responder sin romper algo que, evidentemente, ya está al límite.
—¿De verdad sigues viéndote así? —dice finalmente.
Su voz no es dura.
Pero tampoco es suave.
—¿Cómo? —pregunto.
—Como alguien que no encaja.
Su mirada no se aparta.
—Como si tuvieras que justificar tu lugar en todo lo que haces.
El silencio se instala entre nosotros, pero esta vez no es cómodo.
—Claire —continúa—, lo único que no encaja aquí es la forma en que te sigues menospreciando.
La frase me golpea más de lo que esperaba.
—No me estoy menospreciando —respondo—. Estoy siendo realista.
—No.
Su respuesta es inmediata.
—Estás reduciendo todo lo que eres a una idea que no tiene nada que ver con la realidad.
Doy un paso atrás, no por distancia, sino por reacción.
—Adrien—
—No —me interrumpe, acercándose esta vez con una firmeza que no es agresiva, pero sí decidida—. Escúchame.
Se detiene lo suficientemente cerca como para que no pueda ignorarlo.
—Eres la persona más inteligente en esa empresa —dice—, y no porque lo diga yo, sino porque fuiste la única capaz de ver algo que llevaba meses ocurriendo frente a todos.
No responde a mi expresión.
Sigue.
—No te impresiona nada que debería impresionarte, no buscas aprobación, no intentas encajar en un lugar que no te pertenece… y aun así, cada vez que entras en una sala, cambias completamente la dinámica.
Su mirada se suaviza apenas.
—Y además de todo eso…
Hace una pausa breve.
—Eres hermosa.
La palabra no suena superficial.
No es un cumplido vacío.
—No de una forma obvia —añade—. No de esa que todos esperan.
Su mano se mueve ligeramente, sin tocarme aún.
—Eres hermosa de una forma que se descubre… y que no se olvida.
El silencio que sigue se instala en mi pecho antes que en el espacio.
No respondo.
No puedo hacerlo de inmediato.
—Así que no —continúa, bajando un poco la voz—. No me preguntes cómo pude enamorarme de ti.
Se acerca un poco más.
—Pregúntate cómo no iba a pasar.
Mi respiración no es completamente estable ahora, y eso me molesta más de lo que debería.
—Esto no cambia lo que es —digo, intentando recuperar el control—. Seguimos estando en la misma situación.
Adrien niega levemente.
—No.
Su mirada se sostiene en la mía.
—Ya no.
—Adrien…
—Quiero una oportunidad.
La frase no es una sugerencia.
Es clara.
—No como esto —añade—. No como un acuerdo, no como una estrategia, no como algo que empezó por necesidad.
Da un paso más.
—Quiero una oportunidad real.
El aire entre nosotros cambia.
—Sin condiciones —continúa—. Sin investigaciones de por medio, sin roles que cumplir, sin expectativas externas.
Su mirada no se aparta.
—Tú y yo.
El silencio que sigue no es vacío.
Es… abrumador.
Porque por primera vez, no hay estructura que sostenga esto.
—No sé si puedo —digo finalmente.
La respuesta no es un rechazo.
Pero tampoco es una aceptación.
—Lo sé.
Su tono no cambia.
—Pero tampoco sabes que no.
La forma en que lo dice es peligrosa.
Porque tiene razón.
—No puedo prometerte nada —añado.
—No te lo estoy pidiendo.
Hay una pausa.
—Solo no te vayas antes de intentarlo.
Mi mirada se mantiene en la suya, y por un momento todo lo demás pierde peso. No la empresa, no el acuerdo, no lo que debería ser lógico.
Solo esto.
Y eso es exactamente lo que me asusta.
Porque sé lo que significa cruzar esa línea.
Y también sé… que ya no estoy completamente fuera de ella.
Deja un comentario