Amor Sin Contrato –  ANGUSTIA

ANGUSTIA

[DANE]

No puedo sacarme de la cabeza la imagen de Keira atada a esa silla. Tampoco la de su ropa hecha trizas… ni la de ese hijo de puta a punto de violarla. Solo un minuto más, uno solo, y habría sido demasiado tarde. Jamás me lo hubiera perdonado.

Incluso ahora, saber que vivió ese miedo, sentir cómo temblaba entre mis brazos mientras la cargaba para subirla al auto… es demasiado para mí. Si no hubiera sido porque ella me necesitaba, lo habría matado con mis propias manos. Es la primera vez en mi vida que siento este impulso tan salvaje, tan primitivo, de querer acabar con alguien. Y, por primera vez, entiendo por qué a veces ocurren ciertos crímenes.

Camino de un lado a otro por la sala de espera, incapaz de quedarme quieto. Necesito respuestas. Necesito saber cómo está mi esposa, pero el tiempo parece haberse detenido. Mi cabeza es un torbellino de imágenes que no se detienen. No puedo pensar en nada que no sea ella… y en el miedo que había en su rostro.

—Dane…

Escucho la voz de Gabriel, pero no reacciono. Sigo caminando, marcando el suelo como si pudiera desgastarlo con mis pasos.

—Dane —repite, y esta vez su mano se posa sobre mi hombro.

Me detengo.

—Cálmate, llegamos a tiempo —dice con firmeza.

Me giro de inmediato.

—¿A tiempo? —respondo, con la voz cargada de rabia—. Perdóname, Gabriel, pero llegamos al límite. No pude evitar que ese miserable la tocara. Te juro que ahora mismo iría donde está ese tipo y lo mataría yo mismo.

—Ya se lo han llevado a la cárcel —responde.

En ese momento, Sara y Miriam llegan prácticamente corriendo hacia nosotros.

—¿Cómo está Keira? —pregunta Sara, completamente alterada.

—Aún no sabemos nada. La están revisando —contesta su padre, mientras Miriam se aferra a él buscando consuelo.

—Dime que no le hizo nada… —suplica ella entre lágrimas.

—Llegamos… mejor dicho, Dane llegó a tiempo —explica Gabriel, mirándome—. No hizo caso a la policía y entró sin importarle si el tipo estaba armado o no. Si no le ocurrió nada a nuestra hija fue por él.

Aprieto los dientes.

—Prometí cuidar a su hija, y así lo voy a hacer. No podía quedarme esperando mientras esos hombres llenos de protocolos hacían un plan, no cuando sabíamos perfectamente cuál era la intención de ese cabrón.

—Keira también lo sabía… —murmura Gabriel—. Lo que no entiendo es cómo supo dónde la llevaría.

La pregunta queda flotando.

—Papá… —interrumpe Sara.

—¿Qué pasa, hija?

Ella se quita un collar sencillo, una cadena de oro con un dije discreto.

—Creo que Keira sospechaba algo. Antes de la gala insistió mucho en que usara esto.

Gabriel lo toma en sus manos.

—¿El collar que le di después del secuestro?

—¿Qué tiene ese collar? —pregunto.

—Después de aquel secuestro, Keira quedó muy afectada. Tenía miedo de salir sola… de ir a cualquier parte. Entonces recurrí a un amigo experto en seguridad. Este collar tiene un rastreador incorporado en el dije. Se conecta a un sistema que permite localizar a quien lo lleve puesto. Lo usó durante casi un año.

Asimilo la información.

—Sara, ¿tu hermana te dijo algo más cuando te lo dio?

Ella asiente lentamente.

—Me dijo que me había hecho una promesa… que no dejaría que nada malo me ocurriera. Y que la cumpliría.

El silencio se vuelve pesado.

—Entonces sabía algo… —murmuro.

—Tal vez… —responde Gabriel, pensativo.

—Familiares de Keira Olavarría —anuncia una voz.

Nos giramos de inmediato. Un médico se acerca a nosotros, y sin pensarlo, caminamos hacia él.

—Soy su padre.
—Soy su esposo.

Hablamos al mismo tiempo.

—¿Cómo está ella? —pregunto, sin poder ocultar la desesperación.

El doctor asiente con calma.

—Físicamente está bien. No presenta signos de abuso sexual ni de agresión física. Han llegado justo a tiempo.

Cierro los ojos un segundo, aliviado… pero solo un poco.

—En este momento está sedada —continúa—. Ha entrado en un claro estado de shock postraumático. Cuando despierte, la psicóloga hablará con ella. Según lo que ha dicho durante el ataque de pánico, no es la primera vez que vive algo así, ¿verdad?

—Así es, doctor —interviene Miriam—. Hace años fue secuestrada.

—Lo entiendo. En cuanto a usted —dice, mirándome—, sería recomendable que también hable con la psicóloga después. Su esposa podría atravesar un proceso complicado tras esto.

Asiento sin dudar.

—Haré lo que sea necesario para ayudarla.

—La dejaremos en observación durante toda la noche. Pueden pasar a verla, pero de uno en uno.

Gabriel y yo nos miramos.

—Ve tú primero —dice—. Si estuviera despierta, querría verte a ti.

—Gracias —respondo con sinceridad.

Él aprieta mi brazo.

—Gracias a ti… por amar tanto a mi hija y por arriesgar tu vida como lo hiciste hoy. Me has demostrado que estás dispuesto a todo por ella. No hay prueba de amor más grande que esa.

Le devuelvo una sonrisa tensa. No puedo sentirme bien con sus palabras, no después de todo lo que ocurrió.

—No me agradezca por cuidar a la mujer que amo.

Es lo único que digo.

Sin añadir nada más, sigo al doctor por el pasillo.

Hacia ella.

 

Deja un comentario

es_ESEspañol

Descubre más desde S.DALSANTO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo