A DISTANCIA
[MIGUEL]
El aeropuerto de Ezeiza siempre tiene el mismo ritmo: gente apurada, abrazos que se alargan más de lo necesario, despedidas que se quedan suspendidas en el aire incluso después de que las puertas se cierran. Es un lugar de transiciones, de comienzos y finales que se cruzan sin tocarse.
Hoy no me interesa nada de eso.
Estoy apoyado contra una columna, lo suficientemente lejos para no llamar la atención y lo bastante cerca para no perderla de vista. No necesito buscarla demasiado; Zaira no pasa desapercibida, no porque haga algo en particular, sino porque hay una forma en la que se mueve que la distingue del resto. Observa más de lo que debería, como si estuviera intentando encajar cada detalle en un recuerdo que ya no coincide del todo con la realidad.
Ocho años son suficientes para que una ciudad cambie.
Y para que alguien también lo haga.
La veo cruzar la puerta de llegada y detenerse apenas, como si necesitara un segundo para ubicarse. Ese pequeño gesto, casi imperceptible, confirma lo que ya había notado en el avión. No es solo el viaje. Es todo lo que viene después.
Saco el teléfono sin apartar la vista y escribo sin pensar demasiado.
“Ya llegó.”
No necesito aclarar quién.
La respuesta tarda menos de lo habitual.
“¿Está sola?”
Deslizo la mirada por el entorno, evaluando, descartando.
“No.”
La mujer que corre hacia ella reduce cualquier duda. El abrazo es inmediato, fuerte, auténtico. Amiga. Confianza. Punto de apoyo.
“Identifícala.”
Observo con más atención. Altura media, contextura delgada, cabello oscuro recogido sin demasiado cuidado. No parece representar un riesgo, pero eso nunca es suficiente.
“Entorno cercano. Sin indicios.”
No es una respuesta completa, pero es suficiente por ahora.
Guardo el teléfono antes de que Zaira pueda girarse en mi dirección. No sería la primera vez que alguien siente que la están observando sin saber exactamente por qué. Es un error común.
Y peligroso.
Las sigo a distancia mientras avanzan hacia el estacionamiento, manteniéndome dentro del flujo de gente. No acelero, no me detengo, no hago nada que rompa el ritmo natural del lugar. Es una cuestión de práctica: moverse sin ser visto, observar sin llamar la atención, estar presente sin existir.
Zaira gira la cabeza una vez.
No directamente hacia mí, pero lo suficiente como para obligarme a cambiar el ángulo, a integrarme en otro grupo, a desaparecer por un instante.
No es casual.
Tiene más intuición de la que pensaba.
Eso complica las cosas.
Y, al mismo tiempo… las vuelve más interesantes.
Las veo detenerse junto a un auto. Conversan, ríen, el tipo de intercambio que cualquiera podría considerar inofensivo. Pero no lo es. Nada de esto lo es. Cada paso que da, cada lugar al que va, cada persona con la que se cruza… todo forma parte de algo más grande.
Algo que todavía no ve.
Pero que ya la alcanzó.
El auto arranca y espero unos segundos antes de moverme. No conviene seguirlas de inmediato. La distancia no es solo física; también es estratégica.
Camino hacia la salida sin apurarme, sacando las llaves de la moto del bolsillo mientras reviso mentalmente las rutas posibles desde el aeropuerto. No necesito un mapa. Ya lo hice antes.
Todo esto… ya lo hice antes.
Pero no con ella.
Subo a la moto y me coloco el casco con movimientos precisos, automáticos. El motor responde al primer intento, el sonido se mezcla con el tráfico sin destacar demasiado.
Las encuentro rápido.
El auto no es difícil de seguir, pero tampoco me acerco más de lo necesario. Mantengo la distancia, usando otros vehículos como cobertura, cambiando de carril cuando es conveniente, sin repetir patrones.
Rutina.
Control.
Todo bajo cálculo.
Y, aun así, hay algo que no encaja del todo.
No en el operativo.
En mí.
Apoyo la mirada en el vehículo que va unos metros adelante y por un segundo dejo que el pensamiento tome forma, aunque no me guste.
No debería importarme.
Es solo un objetivo.
Una pieza más dentro de algo que lleva demasiado tiempo sin cerrarse.
Y, sin embargo…
la imagen de ella en el avión vuelve con una claridad incómoda.
La forma en la que me miró.
La manera en que dudó antes de responder.
Esa pequeña pausa cuando algo no le cerraba.
Demasiado perceptiva.
Demasiado real.
Aprieto apenas el acelerador, acortando la distancia lo justo para no perderla entre el tráfico.
No es el momento de distraerse.
No con él tan cerca.
Saco el teléfono en una luz roja y escribo rápido.
“Destino en movimiento. Mantengo vigilancia.”
La respuesta no tarda.
“No la pierdas.”
Aprieto el teléfono con un poco más de fuerza de la necesaria antes de guardarlo.
No lo voy a hacer.
No esta vez.
[…]
El auto gira finalmente hacia una zona residencial más tranquila. Reduzco la velocidad, manteniendo la distancia mientras observo el entorno. Casas bajas, movimiento moderado, nada que destaque a simple vista.
Lugar seguro.
En apariencia.
Las veo estacionar frente a una casa y no me acerco más. No es necesario. Ya sé lo suficiente por ahora.
Apago el motor unos metros más atrás y me quedo allí, observando.
Zaira baja del auto, estira las piernas, mira alrededor con una mezcla de curiosidad y nostalgia. No ve nada fuera de lugar.
No podría.
No todavía.
La puerta de la casa se abre y ambas desaparecen en el interior.
Silencio.
Quietud.
Un momento que, para cualquiera, marcaría el final de un trayecto.
Para mí, es solo el inicio.
[…]
Saco el teléfono una vez más y escribo un último mensaje.
“Está en casa.”
La respuesta llega casi de inmediato.
“Perfecto. Mañana se mueve.”
Miro la pantalla unos segundos antes de bloquearla.
Mañana.
Todo empieza mañana.
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