PROTEGERLA
[KAEL]
Las puertas del ascensor se abren y lo primero que veo es un corredor vacío.
Debería tranquilizarme. No lo hace.
Hace menos de cinco minutos Amara me dijo que había escuchado un ruido dentro del apartamento y seguridad confirmó que alguien había intentado utilizar el ascensor de servicio para llegar a este piso. Puede ser un error, un empleado con una credencial equivocada o alguna de las explicaciones normales que existen en un edificio donde cientos de personas entran y salen todos los días.
También puede no serlo.
Desde que alguien disparó tres veces contra Amara, he dejado de concederle demasiado espacio a las coincidencias.
Uno de los guardias sale detrás de mí y habla por radio mientras yo camino hacia la puerta del apartamento. No hay nadie en el corredor ni señales evidentes de que alguien haya intentado entrar. Llamo a Amara antes de tocar.
Responde inmediatamente.
—Estoy afuera. ¿Siguen en el dormitorio?
—Sí.
Su voz está controlada, pero puedo escuchar el miedo debajo. No es el pánico de alguien que ha perdido el control; Amara no funciona así. Cuanto más asustada está, más intenta sonar como si todo estuviera perfectamente bien.
Ya empiezo a conocerla demasiado.
—Voy a entrar con seguridad. No salgan todavía.
—Kael, Luca puede abrirte.
—Prefiero que se quede contigo hasta que revise el apartamento.
Hay un breve silencio y después la escucho repetirle la instrucción a Luca. No protesta, lo que me dice más sobre su miedo que cualquier cosa que pudiera admitir.
El guardia abre y entro.
La distribución del apartamento está fresca en mi memoria porque la revisé apenas unas horas antes, cuando Luca me miraba como si estuviera esperando que empezara a registrar sus cajones. Ahora agradezco haber insistido. Recorremos las áreas comunes y comprobamos que no haya nadie. Una de las puertas no parece haber cerrado completamente, aunque puede existir una docena de explicaciones para eso y no pienso convertirla en una prueba de nada.
Lo importante es que el apartamento está vacío.
Cuando seguridad confirma que el intento de subir pudo deberse a una credencial antigua que todavía permanecía activa en el sistema, la tensión en mis hombros disminuye apenas. Quiero que revisen lo ocurrido, pero no necesito saber esta noche quién olvidó desactivar una tarjeta hace meses.
Necesito saber que Amara está bien.
Camino hasta el dormitorio y golpeo suavemente.
—Soy yo.
El seguro se mueve casi inmediatamente.
Luca abre primero.
Y después la veo a ella.
Amara está detrás de él con el cabello desordenado, las piernas desnudas y una camiseta oscura que le queda demasiado grande para ser suya. Necesito menos de un segundo para entender que pertenece a Luca y otro segundo para odiar que mi cabeza haya registrado ese detalle.
Mi mirada sube hacia su rostro, aunque no lo suficientemente rápido para evitar notar una pequeña marca rojiza cerca de su clavícula.
No estaba allí cuando la dejé.
Aparto los ojos.
La reacción es tan inmediata como irracional.
Luca es su novio. Llevan cuatro años juntos. Amara vino aquí precisamente porque quería pasar la noche con él y no existe absolutamente nada extraño en encontrarla a las tres de la mañana usando su ropa.
Lo extraño es que me moleste.
—¿Está todo bien? —pregunta ella.
La miro otra vez y me obligo a concentrarme.
—Sí. No encontramos a nadie.
Veo cómo sus hombros se relajan.
—¿Entonces qué pasó?
—Parece que alguien intentó usar el ascensor de servicio con una credencial antigua. Seguridad está comprobando qué ocurrió, pero no hay señales de que nadie haya entrado aquí.
—¿Parece? —pregunta Luca.
—No quiero darte una certeza que todavía no tengo.
Amara deja escapar el aire lentamente y se lleva una mano al cabello.
—¿Tenemos que irnos?
Mi primera reacción es decir que sí.
Quiero sacarla del apartamento, llevarla de regreso a Cocoplum y colocarla detrás de las puertas que conozco. Hace unos días ni siquiera habría discutido la decisión.
Pero recuerdo la conversación de esta tarde.
Recuerdo que vino aquí porque necesitaba recuperar una parte de su vida.
—No necesariamente.
Amara me mira con sorpresa.
—¿En serio?
—Seguridad va a mantener a alguien en este piso y revisar el acceso de servicio. Si no encuentran nada más, puedes quedarte.
Luca parece tan sorprendido como ella.
—Pensé que ibas a ordenar que regresara a la mansión —dice.
—Yo también —admite Amara.
—Estoy intentando ser menos insoportable.
Una sonrisa aparece en su rostro.
—No sé si estás preparado para un cambio tan grande.
—Paso a paso.
La tensión se afloja y durante un momento volvemos a esa extraña dinámica que se ha instalado entre nosotros con demasiada facilidad. Amara me mira de una forma que ya sé interpretar, como si compartiéramos una conversación aparte aunque Luca esté justo delante de nosotros.
Entonces ella se cruza de brazos y la camiseta cae ligeramente sobre uno de sus hombros.
Mis ojos se mueven antes de que pueda impedirlo.
Es apenas un instante.
Suficiente.
La marca sobre su clavícula vuelve a quedar visible y esta vez, cuando levanto la mirada, Amara me está observando.
Sabe exactamente qué miré.
Algo cambia entre nosotros.
No hay sonrisa ni provocación. Solo un segundo incómodamente largo en el que ambos entendemos algo que ninguno debería estar intentando confirmar.
Luca está a su lado.
Yo estoy aquí para protegerla.
Y, aun así, tengo que obligarme a apartar la mirada.
—Voy a hablar con seguridad —digo—. En unos minutos les confirmo si todo está bien.
Salgo antes de que mi cara diga algo que mi boca no piensa admitir.
[…]
Nunca me han gustado demasiado los celos.
Siempre me parecieron una emoción inútil, una forma de reclamar derechos sobre decisiones que pertenecen a otra persona. No tengo ningún derecho sobre Amara, así que la reacción que acabo de tener me resulta especialmente irritante.
Intento convencerme de que solo fue el contexto. Son casi las tres de la mañana, alguien intentó acceder al piso y todavía tengo demasiada adrenalina recorriéndome el cuerpo.
La explicación dura poco.
Sé exactamente lo que sentí cuando vi aquella marca en su piel. Y no tenía nada que ver con seguridad.
Me quedo en la cocina mientras los guardias terminan de revisar lo ocurrido. Escucho lo suficiente para saber que van a bloquear el acceso de servicio y mantener a un hombre en el piso durante el resto de la noche. No necesito convertirlo en una investigación ahora. Mañana habrá tiempo para saber por qué una credencial antigua seguía funcionando.
Esta noche solo necesito asegurarme de que nadie pueda acercarse a Amara.
Cuando levanto la vista, ella viene hacia mí.
Ahora lleva unos pantalones deportivos debajo de la camiseta. El alivio que siento me resulta tan absurdo que casi me río de mí mismo.
—¿Ya puedo salir o todavía estoy bajo arresto domiciliario? —pregunta.
—Puedes salir.
—Gracias por devolverme mis derechos civiles.
—Ha sido un placer.
Se detiene frente a mí y la sonrisa que lleva desaparece un poco.
—¿Seguro que está todo bien?
—Sí. Van a dejar un guardia en este piso y bloquear el ascensor de servicio por esta noche. Mañana revisaremos qué ocurrió.
Amara asiente, pero no se marcha.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—Estás raro.
—Son casi las tres de la mañana.
—No me refiero a eso.
Sé perfectamente a qué se refiere, pero no pienso ayudarla.
—Entonces tendrás que explicarte mejor.
Me mira durante unos segundos y después camina hacia la cocina para tomar una botella de agua. Al girarse queda tan cerca que casi chocamos. Extiendo la mano al mismo tiempo que ella y nuestros dedos se encuentran alrededor de la botella.
Podría soltarla inmediatamente.
No lo hago.
Ella tampoco.
La sensación es mínima, apenas piel contra piel, pero la tensión que aparece no tiene nada de insignificante. Amara levanta los ojos y durante unos segundos ninguno parece recordar quién quería la botella.
Soy yo quien termina soltándola.
—Toda tuya.
—Gracias.
Bebe un poco sin dejar de observarme.
—Fue cuando abrimos la puerta.
No necesito preguntarle de qué habla.
Lo hago de todas formas.
—¿Qué?
—Te pusiste raro cuando nos viste.
—Acababa de subir porque creía que alguien podía haber entrado al apartamento.
—No hablo de eso.
Hay algo casi divertido en su expresión, pero también una curiosidad que conozco demasiado bien. Es la misma que aparece cada vez que intenta descubrir algo sobre mi pasado.
Solo que esta vez está intentando descubrir algo sobre nosotros.
—¿Qué quieres que diga, Amara?
—Nada. Solo estoy intentando entender esa cara.
—Últimamente estás demasiado interesada en mis caras.
—Porque son más sinceras que tú.
Eso consigue hacerme sonreír.
—No sé si sentirme insultado.
—Deberías.
Me apoyo contra la encimera y ella permanece frente a mí. Luca está en el salón hablando con uno de los guardias, suficientemente cerca para recordarnos que existe y suficientemente lejos para que esta conversación empiece a parecer demasiado privada.
Amara baja la voz.
—No te gustó verme con él.
No es una pregunta.
Durante unos segundos considero negarlo. Sería lo sensato y probablemente lo más justo para todos.
Pero ella sabría que estoy mintiendo.
—No importa lo que me guste.
Su expresión cambia apenas.
—Eso tampoco es una negación.
—No.
La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Amara deja de sonreír.
Yo también.
El silencio que aparece entre nosotros es distinto a los anteriores porque esta vez ninguno puede fingir que está imaginando algo. No le he dicho que estoy celoso. No le he dicho que quiero besarla ni que llevo días intentando dejar de mirar su boca.
Pero tampoco lo negué.
Sus ojos permanecen sobre los míos y siento otra vez esa atracción incómoda que parece hacerse más fuerte cada vez que intentamos ignorarla.
—Tienes novio —digo finalmente.
Amara parpadea.
—Lo sé.
—Y yo trabajo para tu padre.
—También lo sé.
Eso no es ni siquiera la mitad del problema.
Ella no sabe que Brenner no existe. No sabe que entré en su casa buscando pruebas contra Dante ni que cada día que pasa a mi lado está construido sobre una mentira que puede destruir cualquier cosa que llegue a existir entre nosotros.
—Entonces no necesitamos hablar de esto.
Amara sostiene mi mirada.
—¿De qué exactamente?
La provocación es evidente.
—Sabes perfectamente de qué.
Una pequeña sonrisa vuelve a aparecer en su boca.
—Quería escucharte decirlo.
—No va a ocurrir.
—Cobarde.
Me río en voz baja.
—Hace unas horas también me llamaste así.
—Porque sigues mereciéndolo.
Durante un momento ninguno se mueve. Ella está suficientemente cerca para que pueda percibir el aroma de su cabello y suficientemente lejos para que todavía exista una decisión entre nosotros.
No pienso cruzar esa distancia.
Tampoco estoy seguro de cuánto tiempo voy a poder seguir fingiendo que no quiero hacerlo.
—Amara.
—¿Qué?
—Deberías volver con Luca.
La sonrisa desaparece lentamente.
No porque esté enfadada, sino porque ambos entendemos lo que realmente acabo de decir.
Antes de que esto vaya más lejos.
Ella asiente.
—Sí. Debería.
Pero tarda varios segundos en hacerlo.
[…]
Cuando finalmente seguridad confirma que el piso está cubierto, Luca acepta las medidas sin discutir. El susto parece haber eliminado buena parte de la hostilidad que sentía hacia mí y, aunque sigue sin gustarle que permanezca cerca, al menos entiende por qué estoy aquí.
—Entonces nos quedamos —dice Amara.
—Sí.
—Pensé que ibas a obligarme a regresar.
—No puedo obligarte a hacer nada.
Levanta una ceja.
—¿Quieres que repasemos las últimas setenta y dos horas?
—Preferiría no hacerlo.
Se ríe.
Luca coloca una mano sobre su espalda y la cercanía entre ellos vuelve a recordarme cuál es mi lugar en esta habitación.
Esta vez no necesito que nadie me lo diga.
—Voy a estar abajo —les informo—. Si ocurre cualquier cosa, me llaman.
Amara frunce el ceño.
—¿No vas a volver a la mansión?
—No.
—Pero acabas de decir que es seguro.
—Dije que pueden quedarse. No dije que pienso dejarte aquí sin cobertura.
—Kael, hay un guardia afuera.
—Y yo estaré abajo.
—Eres imposible.
—Ya lo sabías.
Luca sonríe.
—En eso estamos de acuerdo.
Lo miro.
—Sabía que eventualmente encontraríamos algo.
Amara se ríe y la escucho mientras camino hacia la puerta.
—Buenas noches, Kael.
Me vuelvo.
Ella sigue junto a Luca, pero me está mirando a mí.
—Buenas noches, Amara.
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