EL DESTINO QUE HEREDAMOS- LO QUE CAMBIA AL CERRAR UNA PUERTA

LO QUE CAMBIA AL CERRAR UNA PUERTA 

[AMARA]

Tardo más de lo necesario en recorrer el pasillo hasta mi ala.

No porque la distancia sea grande, sino porque todavía siento la boca de Kael sobre la mía y necesito unos segundos para conseguir que mi cabeza alcance al resto de mi cuerpo. Entro, cierro la puerta y permanezco apoyada contra ella mientras intento comprender en qué momento una conversación sobre límites terminó conmigo sujetándolo por la muñeca y besándolo en la cocina de la casa de mis padres.

La respuesta es bastante sencilla: llevaba días queriendo hacerlo.

Eso no consigue que me sienta mejor.

Camino hacia el dormitorio y dejo el recipiente de chocolate sobre una mesa antes de sentarme en el borde de la cama. Todavía puedo recordar la presión de sus manos en mi cintura, la manera en que tardó apenas un instante en responder y cómo todo cambió cuando lo hizo. Durante días había imaginado, aunque me negara a reconocerlo, qué ocurriría si alguno de los dos dejaba de retroceder.

Ahora lo sé.

Y resulta que besar a Kael es todavía peor para mi autocontrol de lo que esperaba.

Cierro los ojos y dejo escapar lentamente el aire. No me arrepiento. Esa es la primera verdad que tengo que aceptar, por incómoda que resulte. Si pudiera regresar diez minutos y encontrarme otra vez frente a él, sabiendo exactamente cómo terminaría la conversación, no estoy segura de que hiciera algo diferente.

La segunda verdad es mucho menos conveniente.

Sigo teniendo novio.

Mi teléfono está sobre la cama. Lo miro durante varios segundos antes de tomarlo y encuentro un mensaje de Luca enviado poco después de que llegáramos a Cocoplum.

Buenas noches. Te quiero. Hablamos mañana.

Lo leo dos veces.

La culpa no llega como una explosión. Es más silenciosa y mucho más difícil de ignorar porque no puedo refugiarme en la idea de que Luca y yo estamos mal, que nuestra relación estaba terminada o que él hizo algo para empujarme hacia otro hombre. Nada de eso es cierto.

Hace apenas unas horas estuvimos sentados frente a frente intentando salvar algo que los dos seguimos considerando importante. Luca me pidió honestidad. Me dijo que no quería quedarse fuera mientras yo intentaba entender lo que estaba ocurriendo conmigo.

Después regresé a casa y besé a Kael.

Apoyo el teléfono sobre la cama y me paso las manos por el rostro. Puedo querer a Luca y haber deseado besar a Kael. Evidentemente, las dos cosas pueden existir al mismo tiempo porque acabo de demostrarlo. Lo que no puedo hacer es utilizar esa contradicción como excusa para comportarme como si mis decisiones no tuvieran consecuencias.

Tampoco puedo convertir el beso en un error simplemente para sentirme menos culpable.

No lo fue.

Fue una decisión.

Mía.

Kael intentó detenerla más veces de las que estoy dispuesta a reconocer y, al final, fui yo quien cerró la distancia. Él respondió, sí, y la forma en que lo hizo va a complicarme el sueño durante bastante tiempo, pero no puedo esconderme detrás de él para evitar asumir mi parte.

Me levanto para ir al baño y estoy a punto de cerrar la puerta del dormitorio cuando escucho una voz lejana en el corredor.

Me detengo.

Es Kael.

No distingo las palabras. La voz llega amortiguada desde la dirección de la cocina y podría acercarme lo suficiente para intentar escuchar, pero ni siquiera lo considero. Después de todo lo ocurrido esta noche, es evidente que ya tenemos suficientes límites confusos sin añadir escuchar conversaciones privadas a la lista.

Sin embargo, algo en su tono me mantiene quieta.

Hace unos minutos se estaba riendo conmigo. Ahora habla bajo y con una seriedad que reconozco porque aparece cada vez que una llamada o un mensaje consigue devolverlo a ese lugar al que no me permite entrar.

No sé con quién habla ni qué le están diciendo. Solo sé que el hombre que me besó en la cocina acaba de convertirse otra vez en el hombre que guarda demasiados secretos.

Entro al dormitorio y cierro la puerta.

Por primera vez, esa idea me molesta de una manera distinta.

Antes quería descubrir a Kael porque me irritaba no entenderlo. Después empecé a querer hacerlo porque había cosas en él que no coincidían con el hombre que decía ser. Esta noche la curiosidad ha adquirido un peso mucho más personal.

He besado a alguien de quien sé sorprendentemente poco.

Y lo peor es que quiero saber más.

[…]

A las siete y veinte de la mañana descubro que dormir no ha solucionado absolutamente nada.

Me ducho, me visto para trabajar y consigo convencerme de que un pantalón crema, una blusa verde oscura y unos tacones pueden hacerme parecer una mujer que no pasó parte de la madrugada recordando un beso que no debía ocurrir.

El engaño funciona hasta que salgo de mi ala.

Kael está esperándome.

Por supuesto que está esperándome.

Lleva pantalón oscuro y camisa negra, tiene un café en una mano y el teléfono en la otra. Al escucharme, levanta la mirada y durante una fracción de segundo desaparece toda la expresión profesional que parece haberse colocado antes de que yo saliera.

Sus ojos bajan hacia mi boca. Es rápido. Pero lo veo. Y él sabe que lo vi.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

Nos quedamos mirándonos durante un momento absurdo.

Finalmente Kael extiende el vaso que lleva en la mano.

—Es para ti.

Lo tomo y nuestros dedos se rozan. Esta vez ninguno puede fingir que el contacto no significa nada.

Kael retira la mano primero.

—Gracias.

—De nada.

Camino hacia el vestíbulo y escucho sus pasos detrás de mí. Logramos avanzar casi hasta la escalera antes de que empiece a irritarme la formalidad.

—¿Esto es lo que vamos a hacer?

—¿Caminar?

Lo miro por encima del hombro.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Son las siete y media de la mañana. Necesito café antes de conversaciones complejas.

Levanto el vaso.

—Me diste el mío.

—Fue una estrategia defensiva.

No puedo evitar sonreír.

—Anoche dijiste que no ibas a fingir que no ocurrió.

—No estoy fingiendo.

—Pareces un hombre que está intentando convencer a todo el mundo de que jamás ha visto mi boca.

Sus ojos vuelven a ella de manera automática. Esta vez soy yo quien levanta una ceja.

Kael suspira.

—Esto va a ser mucho más difícil de lo que esperaba.

—Me alegra saber que compartimos el problema.

Llegamos al vestíbulo. Mercer está hablando con uno de los hombres de seguridad cerca de la entrada, así que la conversación muere de forma natural. Kael vuelve a adoptar esa expresión controlada que utiliza frente a los demás y yo debería agradecerlo.

En cambio, me molesta un poco. Eso tampoco es buena señal.

Mi padre ya está desayunando en la terraza. Mi madre está frente a él leyendo algo en una tableta y Alessandro habla por teléfono mientras camina cerca de las puertas de cristal. Durante unos minutos consigo sumergirme en la normalidad de mi familia, aunque ahora tengo una conciencia ridícula de dónde se encuentra Kael en cada momento.

No necesita estar a mi lado para que lo sepa.

Lo escucho hablar con Mercer. Después noto cuando sale hacia el jardín para atender una llamada. Intento concentrarme en lo que Bianca está diciendo sobre una cena de la fundación la semana siguiente, pero mis ojos terminan desplazándose hacia las puertas.

Kael está de espaldas a nosotros, con el teléfono junto al oído.

La conversación no dura mucho. Cuando se vuelve, su rostro ha cambiado. Es la misma expresión que escuché anoche en su voz.

—Amara.

Mi madre tiene que repetir mi nombre para conseguir que la mire.

—Perdón. ¿Qué decías?

Bianca sigue mi mirada antes de volver a mí.

—Nada importante.

Hay demasiada comprensión en su expresión.

No me gusta.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Mi madre sonríe y vuelve a la tableta.

Kael entra unos minutos después. No me mira inmediatamente, pero sé que ha percibido que lo estaba observando porque se acerca a Mercer y habla con él antes de comprobar discretamente mi posición.

Hay algo diferente.

No sé qué ocurrió en esa llamada, pero no parece una amenaza inmediata contra mí. Si lo fuera, ya habría cambiado el despliegue de seguridad y probablemente estaría diciéndome que cancelara el día mientras yo discutía con él.

Esto es otra cosa.

Personal.

La palabra aparece sin que la invite.

[…]

Alessandro consigue sacarme de mis pensamientos poco después de las ocho.

—Por cierto, lo de Gabriel está aclarado.

Dejo la taza sobre la mesa.

—¿El acceso al archivo de Varenna?

Asiente.

—Fui yo quien se lo pidió. Encontré los correos de esa semana. Le envié las proyecciones financieras y le pedí que revisara unas cifras antes de la reunión del lunes. El acceso de las cinco cuarenta y ocho corresponde exactamente a eso.

—¿Y no lo recordabas?

—Tengo unas doscientas conversaciones por semana, Amara. Perdóname por no conservar cada una en mi memoria.

—Voy a pensar si te perdono.

Alessandro ignora el comentario.

—Eso no significa que podamos descartar absolutamente a nadie, pero ese acceso no tiene nada de extraño. Se lo dije también a Brenner.

Miro hacia Kael.

Está al otro lado de la terraza hablando con Mercer.

—Bien.

Alessandro me observa.

—¿Bien?

—Sí. ¿Qué quieres que diga?

—Nada. Solo esperaba unas quince preguntas.

—Estoy aprendiendo a respetar límites.

Mi hermano se ríe.

—Eso sí que es preocupante.

Le enseño el dedo medio por debajo de la mesa para que nuestra madre no lo vea.

La explicación sobre Gabriel debería tranquilizarme y, en cierta forma, lo hace. Una de las cosas que parecía extraña tiene una explicación perfectamente normal. Pero también significa que seguimos sin saber quién manipuló mis planes, quién sabía que terminaría en mi apartamento ni por qué el vehículo utilizado en el atentado fue robado precisamente en el estacionamiento de un restaurante de Varenna.

Las coincidencias disminuyen.

Las respuestas no aumentan.

[…]

Vuelvo a mirar la hora cuando salimos hacia Bellori Grove, poco antes de las nueve, bien eso hará que llegue a tiempo.

Kael revisa el vehículo antes de que me acerque y abre la puerta trasera. Cuando paso junto a él, su mano hace el movimiento habitual hacia mi espalda y se detiene antes de tocarme.

Lo noto.

Otra vez.

Me acomodo en el asiento y espero hasta que él entra por el otro lado. Esta mañana viajamos con otro conductor porque Mercer reorganizó parte del equipo, así que Kael se sienta conmigo atrás.

Eso me parece una pésima decisión logística. Él parece llegar a la misma conclusión cuando nuestras rodillas casi se tocan.

—No digas nada —murmura.

Miro por la ventana para ocultar la sonrisa.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

Giro hacia él.

—Ahora me estás robando mis frases.

—Paso demasiado tiempo contigo.

—Veinticuatro horas al día. Según mi padre, hasta que alguien deje de intentar matarme.

La sonrisa desaparece de su rostro.

—Sí.

El cambio es demasiado brusco. Lo observo durante unos segundos.

—¿La llamada de esta mañana tenía que ver conmigo?

—No.

Al menos responde sin vacilar.

—¿Con Varenna?

Kael mira hacia delante.

—Indirectamente.

—Eso suena convenientemente ambiguo.

—Porque lo es.

Debería dejarlo ahí.

No lo hago.

—¿Era la misma persona con la que hablaste anoche después de que me fui?

Ahora sí me mira.

—¿Me escuchaste?

—Escuché tu voz. No la conversación.

Algo en sus hombros se relaja.

—Sí. Era la misma persona.

—¿Y encontraste algo?

Kael permanece callado unos segundos.

—Sí.

—¿Algo importante?

—Puede serlo.

Asiento lentamente y vuelvo la mirada hacia la ventana. No pregunto qué. No porque no quiera saber, sino porque empiezo a entender que, si continúo empujándolo cada vez que aparece una grieta, eventualmente voy a conseguir una respuesta para la que quizá ninguno de los dos esté preparado.

Kael parece sorprendido por mi silencio.

—¿Eso es todo?

—¿Querías que te interrogara?

—Esperaba al menos cuatro preguntas más.

—Estoy creciendo como persona.

Él sonríe, pero dura poco.

—Amara…

—No tienes que decírmelo.

—No es eso.

Espero.

Kael mira un momento hacia la ventana antes de volver a mí.

—Lo de anoche no cambia que existan cosas de mi pasado que no puedo compartir contigo.

La frase me golpea más de lo que debería.

—No pensaba que un beso me hubiera otorgado autorización para revisar tus archivos personales.

—No quise decirlo así.

—Sonó bastante parecido.

—Lo sé.

Su expresión se suaviza.

—Solo quiero que entiendas que una cosa no elimina la otra.

—Lo entiendo perfectamente. Lo que no sé es cuánto tiempo puede funcionar.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

—Esto.

No necesito definirlo.

Los dos sabemos.

—Anoche me dijiste que ya no es solamente atracción. Eso significa que, si seguimos avanzando, en algún momento voy a querer conocerte de verdad. No tu currículum ni una lista de trabajos anteriores. A ti.

Kael baja la mirada hacia sus manos durante un instante.

—Lo sé.

—Y cada vez que alguien te llama, aparece una versión de ti que no conozco. No estoy pidiéndote que me cuentes nada ahora, pero tampoco voy a fingir que no lo veo.

—Hay cosas que no puedo contarte todavía.

—Siempre hay cosas que no puedes contarme.

No lo digo con rabia. Quizá por eso parece afectarle más. Kael gira completamente hacia mí.

—No estoy intentando jugar contigo.

—Nunca dije que lo estuvieras haciendo.

—Pero tienes derecho a preguntártelo.

La respuesta me sorprende.

Durante unos segundos lo observo sin saber qué hacer con esa vulnerabilidad inesperada. Quisiera preguntarle qué puede ser tan grave como para que parezca convencido de que conocerlo podría cambiar lo que pienso de él.

No lo hago.

En lugar de eso, apoyo el brazo sobre el asiento y dejo que mi mano quede entre nosotros. Kael la mira. No la toma y yo tampoco intento acercarla.

Aun así, la distancia parece menor.

—No quiero pelear contigo a las nueve de la mañana —digo.

—Excelente. Yo tenía agendado nuestro primer conflicto para después del almuerzo.

—Perfecto. Camila puede buscarte un espacio.

Su sonrisa regresa y esta vez permanece cuando el vehículo se detiene frente a Bellori Grove.

Kael baja primero y me abre la puerta. Cuando salgo, su mano vuelve a quedar cerca de mi espalda sin tocarme y tengo que contener el impulso infantil de retroceder medio paso solo para obligarlo a hacerlo.

No lo hago.

Estoy intentando crecer como persona.

Aunque aparentemente besar a mi guardaespaldas mientras sigo teniendo novio no forma parte del proceso.

La idea consigue borrar mi sonrisa.

Luca.

He pasado toda la mañana pensando en Kael, en sus secretos, en el beso y en la llamada misteriosa, pero hay una conversación que no puedo seguir posponiendo.

Como si mi teléfono hubiera decidido castigarme por necesitar unos minutos más, empieza a vibrar dentro del bolso.

Lo saco.

LUCA.

Kael ve el nombre antes de apartar la mirada y avanzar unos pasos para darme privacidad. El gesto debería facilitarme las cosas. No lo hace.

Respondo.

—Hola.

—Buenos días.

La voz de Luca es cálida y completamente normal.

Eso consigue que la culpa regrese con más fuerza que durante toda la noche.

—¿Dormiste algo? —pregunta.

—No demasiado.

—Yo tampoco. Estuve pensando en lo que hablamos.

Miro hacia Kael. Está a pocos metros conversando con uno de los hombres de seguridad, aparentemente concentrado en algo que le muestran en un teléfono. Como si sintiera mis ojos, levanta la cabeza.

Nuestras miradas se encuentran.

Durante un instante vuelvo a la cocina, a sus manos sobre mi cintura y a la forma en que me besó después de pasar días diciéndome que debía mantenerme lejos.

Aparto la vista.

Luca sigue hablando.

—Pensé que quizá podríamos cenar otra vez esta noche. Sin discutir. Solo nosotros. Creo que nos vendría bien.

Cierro los ojos un segundo.

Podría aceptar y contárselo después. Podría regalarme unas horas para entender qué significa el beso antes de convertirlo en un problema real. Incluso podría convencerme de que necesito tiempo para ordenar mis pensamientos.

Pero Luca me pidió una sola cosa.

Que no lo dejara fuera mientras intentaba decidir qué estaba ocurriendo conmigo. No puedo comenzar el día después de besar a Kael con otra mentira.

—Luca…

Mi voz debe sonar diferente porque guarda silencio.

—¿Qué pasa?

Aprieto el teléfono entre los dedos y miro hacia la entrada del hotel. Kael ya no me observa, pero su presencia continúa allí, inevitable, como lo estará dentro de una hora, esta tarde y probablemente esta noche. No puedo borrar lo ocurrido y tampoco quiero hacerlo.

Lo único que puedo decidir es qué hago después.

—Tenemos que hablar.

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