DISIDENTES – PRIMERA BATALLA

PRIMERA BATALLA

[ALYA]

Cuando la puerta se cierra detrás de Luan, siento que una parte de mí se arranca con él. No gritó. No insultó. No golpeó nada.

Solo dijo esa frase, apenas un susurro, pero tan afilada como una cuchilla:

“No hay familia que vuelva a recibirte.”

Me quedo paralizada. Ni siquiera puedo respirar. Siento el aire congelado en mis pulmones, inmóvil, pesado, imposible de tragar.

Zaed se acerca despacio. Siento su mano rozando mi brazo, con un cuidado casi reverente.

—Alya… ven aquí.

No puedo.

No puedo moverme. Mis piernas son dos columnas vacías, ajenas, como si no me pertenecieran. Mi garganta es un nudo brutal que me corta la voz.

Y cuando finalmente doy un paso hacia él… El mundo entero se me viene encima.

El suelo tiembla, se dobla bajo mis pies. Mi visión se oscurece. Una presión dura, cruel, se cierra entre mi pecho y mi estómago. Y el grito que siento subir no llega a salir.

Zaed me atrapa antes de que caiga.

—Ey, ey… tranquila, amor. Estoy contigo.

Pero no estoy tranquila. Ni puedo estarlo. Esto no es una tristeza pasajera. No es una discusión familiar. Es un duelo. Una amputación. Me aferro a su camiseta con ambas manos, como si ese pedazo de tela fuera lo único que me mantiene viva.

—Zaed… —mi voz sale rota, irreconocible—. Lo perdí. Lo perdí para siempre. Luan… era lo único… lo único que me quedaba de mamá…

Y ahí la herida se abre. Violenta. Como si alguien hundiera los dedos dentro y desgarrara sin piedad. Mis rodillas se doblan. Zaed se va al suelo conmigo, envolviéndome por completo con sus brazos.

Mi llanto no es suave. No es silencioso. Es un sonido crudo, quebrado, arrancado desde un lugar tan profundo que pensé que había muerto hace años.

—No puedo… —balbuceo—. No puedo vivir sabiendo que lo perdí por mi culpa.

Zaed me aprieta contra su pecho con una fuerza desesperada, como si quisiera evitar que el mundo siguiera rompiéndome.

—No fue tu culpa —susurra con una voz firme, herida—. Luan necesita tiempo. Está en shock. No procesó nada. Solo reaccionó.

Niego con la cabeza, sollozando sin control.

—No… tú no lo viste. Sus ojos, Zaed… Su mirada… No era enojo. No era confusión. Era… decepción. Como si lo hubiera traicionado. Como si me hubiera convertido en alguien que no reconoce…

Mi pecho empieza a doler de una manera distinta. Más física. Como si me faltara el aire de verdad. Intento inhalar. Pero el aire no entra.

Zaed lo nota al instante.

—Alya, mírame. Respira conmigo. Vamos, amor… respira.

Pero no puedo levantar la mirada. No quiero que vea lo rota que estoy. Lo perdida que me siento. Me cubro el rostro con ambas manos, temblando descontroladamente.

—¿Y si tiene razón? —susurro, apenas audible—. ¿Y si… no hay dónde volver? ¿Y si arruiné todo? ¿Mi familia, mi apellido, mi vida…?

Zaed toma mis manos, las aparta con delicadeza. Me obliga a mirarlo. Sus ojos están llenos de un dolor que conozco, un dolor que también vive en él.

—Alya —dice con una firmeza que corta el aire—. Tú no arruinaste nada. Ellos lo hicieron. Con sus secretos. Con sus mentiras. Con sus decisiones. Tú solo elegiste respirar fuera de su guerra.

Mi llanto disminuye un poco, pero no se detiene. Mi cuerpo vibra entero, como si no pudiera contener todo lo que siento.

Él acaricia mi rostro, mi cabello, mi nuca.

—Luan te ama. Te adora. Eres lo único que le queda. Igual que él era lo único que te quedaba a ti. Alya… ¿de verdad crees que va a dejarte para siempre?

—Pero se fue —murmuro, quebrándome otra vez.

Zaed baja la mirada un segundo. Luego vuelve a mis ojos.

—Porque te ama —responde—. Y cuando uno ama y tiene miedo… huye. Ataca. Dice cosas que no siente. Él está herido, no muerto.

Un suspiro tembloroso sale de mí. Zaed apoya su frente en la mía.

—Mi amor… no puedes cargar esto sola.

Cierro los ojos. Me dejo caer contra él. Y por primera vez desde que Luan se fue… puedo tomar un fragmento de aire. Solo uno.

Mi cuerpo sigue temblando. Mi pecho arde. Y entonces lo siento: Mi vientre se tensa.

Zaed reacciona en un segundo.

—¿Te duele? Alya, ¿te duele algo?

Niego rápido, como puedo.

—No… no es eso. Es el estrés. El bebé está bien. Lo sé… Pero no quiero que viva esto, Zaed. No quiero que empiece su vida entre guerras. Ni gritos. Ni odio. Ni pérdidas.

Los ojos de él brillan. Se rompe un poco. Me levanta la barbilla con suavidad.

—Nuestro bebé no va a crecer en ese mundo —murmura—. No mientras yo exista.

Mis lágrimas siguen cayendo. Pero algo dentro de mí… baja la guardia. Un espacio pequeño se abre. Frágil. Preciso. Como un primer rayo después de la tormenta.

Zaed no me suelta. Ni un segundo. Y ahí, en el suelo frío del pequeño departamento de Milán, con la noche cayendo afuera y nuestras vidas hechas pedazos…entiendo algo:

Esta es la primera gran prueba de nuestra nueva vida.

Si podemos atravesar esto juntos…podemos con todo lo que venga después.

Deja un comentario

es_ESEspañol

Descubre más desde S.DALSANTO

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo