ANTES DE SER TUYA-ANTES DE QUE TODO EMPIECE

ANTES DE QUE TODO EMPIECE

Diciembre 20

El mensaje llega cuando ya estoy en la fila de embarque.

No debería afectarme tanto. No es el primero del día, ni el más largo, ni siquiera el más importante… y aun así, en el momento en que la pantalla se ilumina, siento cómo algo en mi interior se tensa.

“Mañana, por fin.”

Lo leo una vez, y luego otra, como si las palabras pudieran cambiar si las miro el tiempo suficiente. No lo hacen. Siguen ahí, simples, directas… inevitables.

Mañana.

Después de un año entero de conversaciones que empezaron siendo casuales y terminaron convirtiéndose en una rutina, después de noches en las que su voz era lo último que escuchaba antes de dormir y mañanas en las que su mensaje era lo primero que buscaba al despertar… mañana voy a verlo.

De verdad.

No a través de una pantalla que suaviza todo, que permite pensar cada respuesta, que protege de silencios incómodos y miradas demasiado directas. Mañana no habrá distancia, ni tiempo para medir palabras, ni espacio para esconder dudas.

Y por primera vez desde que empezó todo… no sé si eso me tranquiliza o me inquieta.

Mis dedos se mueven casi solos sobre la pantalla.

“No puedo creer que ya esté pasando.”

El visto aparece de inmediato, como siempre. Esa rapidez que al principio me parecía coincidencia y que ahora se siente más como una certeza incómoda: él siempre está ahí.

La respuesta llega segundos después.

“Yo sí. Sabía que ibas a venir.”

Frunzo apenas el ceño, sin dejar de mirar el mensaje. No es lo que dice, sino cómo lo dice. Esa seguridad absoluta que no deja espacio para la duda.

“¿Cómo podías estar tan seguro?”

Esta vez tarda un poco más en responder. Lo suficiente para que mi mente empiece a trabajar sola.

“Porque te conozco.”

Exhalo despacio, como si hubiera estado conteniendo el aire sin darme cuenta. Esa es la versión de él que reconozco, la que me hizo confiar, la que logró que comprara un pasaje después de ocho años evitando volver.

“Mañana a las 8. Te paso a buscar.”

Hay algo en esa forma directa de decidir por ambos que, hasta ahora, siempre me pareció atractiva. Segura. Clara.

“Perfecto.”

Escribo, y esta vez no hay respuesta. La conversación se queda ahí, suspendida, como si no hiciera falta agregar nada más.

Guardo el teléfono lentamente, pero la sensación no se va con él.

—Zona tres, pasajeros con destino a Buenos Aires.

La voz del altavoz me arrastra de vuelta al presente. La fila avanza y me dejo llevar por el movimiento, pero mi cabeza sigue atrapada en ese último mensaje.

Mañana.

La palabra pesa más de lo que debería.

No es miedo. No exactamente.

Es algo más sutil. Como una pequeña grieta en una historia que hasta ahora había sido demasiado perfecta.

Levanto la vista casi por inercia, buscando distraerme, y entonces lo veo.

Está apoyado contra una columna, a unos metros de la fila. No está mirando el teléfono ni hablando con nadie. Tampoco parece perdido en sus pensamientos como el resto de las personas alrededor. Su atención está presente, enfocada, recorriendo el espacio con una precisión que no pasa desapercibida.

Es alto. No de una forma llamativa, sino natural, como si su cuerpo estuviera hecho para ocupar ese espacio sin esfuerzo. Lleva una camisa oscura, arremangada lo justo para dejar ver unos antebrazos marcados, tensos, como si incluso en reposo hubiera algo contenido en él. El cabello, ligeramente desordenado, cae con descuido sobre la frente, dándole un aire menos rígido que contrasta con la firmeza de su postura.

Pero son sus ojos lo que me detiene.

Grises.

No claros ni suaves, sino de un tono más profundo, más frío, que no se limita a mirar… sino que parece analizar.

Y están sobre mí.

No hay duda.

Durante un segundo que se alarga más de lo normal, nuestras miradas se sostienen. No aparta la vista, no disimula, no sonríe. Hay algo directo, casi incómodo en la forma en que me observa, como si no fuera la primera vez que lo hace.

Como si no fuera casual.

Soy yo la que rompe el contacto primero, obligándome a avanzar con la fila, aunque la sensación se queda conmigo unos segundos más, pegada a la piel.

Cuando vuelvo a mirar, ya no está.

Y eso debería tranquilizarme.

Pero no lo hace.

Subo al avión con esa inquietud difícil de explicar instalada en el cuerpo. Busco mi asiento junto a la ventanilla y acomodo la valija antes de sentarme, intentando enfocarme en algo concreto, en algo lógico.

Todo está bien.

Es solo un viaje.

Solo un encuentro.

Solo un hombre que, después de un año, voy a conocer.

Estoy revisando el teléfono sin prestar demasiada atención cuando una voz interrumpe mis pensamientos.

—Creo que ese es el mío.

Levanto la vista.

Y el tiempo, por un instante, se desacelera.

Es él.

Más cerca, la impresión es distinta. No solo por lo evidente —la mandíbula marcada, la ligera sombra de barba que acentúa sus rasgos, la forma en que la camisa se ajusta a un cuerpo claramente trabajado— sino por algo más difícil de definir. Una presencia. Una seguridad que no necesita imponerse porque simplemente está ahí.

Demasiada coincidencia.

Me muevo para dejarle espacio, sintiendo cómo algo en mi interior se pone en alerta sin una razón clara. Él se acomoda a mi lado con naturalidad, como si todo fuera perfectamente normal.

Como si no acabara de observarme hace unos minutos.

—Miguel —dice, extendiendo la mano.

Dudo apenas un segundo antes de tomarla.

—Zaira.

Su mano es firme, cálida, pero no se queda más de lo necesario. Todo en él parece medido, controlado, como si cada gesto estuviera exactamente donde debe estar.

Su sonrisa es leve, casi imperceptible.

Pero sus ojos…

siguen siendo los mismos.

Y en ese momento lo siento con claridad.

Esa incomodidad suave.

Esa intuición que no tiene explicación.

Como si algo ya estuviera en movimiento.

Como si esta historia no empezara conmigo subiendo a un avión…

sino mucho antes.

Deja un comentario

es_ESEspañol