ANTES DE SER TUYA-DEMASIADO ATENTO

DEMASIADO ATENTO

[ZAIRA]

El avión aún no despega cuando empiezo a notar que su presencia a mi lado no es tan fácil de ignorar como debería. No hace nada fuera de lo normal. No invade mi espacio, no intenta llamar la atención, no se mueve de forma brusca. Si alguien lo observara desde afuera, diría que es simplemente otro pasajero más, tranquilo, correcto, concentrado en lo suyo. Y, sin embargo, hay algo en él que no termina de encajar.

Intento concentrarme en mis cosas, acomodando la cartera debajo del asiento y buscando el cinturón con la vista fija hacia adelante, pero en el proceso mis dedos rozan algo que no debería estar donde está.

—Perdón —digo, girándome hacia él—, creo que estás sentado sobre mi cinturón.

Miguel baja la mirada y, por un instante, su expresión cambia apenas, como si se permitiera un gesto más relajado.

—Siempre me pasa lo mismo.

Se mueve lo justo para liberarlo y me lo pasa con naturalidad. El roce es mínimo, casi inexistente, pero aun así soy consciente de la cercanía. No porque él la busque, sino porque no la evita.

—Gracias.

—De nada.

El silencio que sigue no es incómodo, pero tampoco es neutro. Se queda ahí, suspendido entre los dos, como si cualquiera pudiera romperlo en cualquier momento. Es él quien lo hace.

—No parecías muy convencida de subir al avión.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Perdón?

—En la fila —aclara, sin apartar la mirada—. Estabas mirando el teléfono como si estuvieras pensando demasiado.

No hay acusación en su voz. Tampoco curiosidad evidente. Solo una observación demasiado precisa.

—Estaba nerviosa —respondo, intentando que suene más simple de lo que realmente es.

Miguel asiente despacio, como si no necesitara más explicación.

—Tiene sentido.

No insiste, pero tampoco se desconecta de la conversación, y eso me hace consciente de algo que no había notado hasta ahora: él no habla por hablar. Todo en él parece medido.

El anuncio de seguridad interrumpe el momento y agradezco la pausa más de lo que debería. Durante unos minutos, ambos permanecemos en silencio, escuchando sin prestar demasiada atención. Me aferro a ese pequeño espacio para ordenar mis pensamientos, pero no dura demasiado.

—¿Volvés o vas de visita? —pregunta, retomando el hilo con naturalidad.

—Vuelvo… pero de visita. Hace años que no venía.

Miguel inclina levemente la cabeza, observándome con esa misma atención que empieza a resultarme difícil de ignorar.

—Se nota.

Frunzo el ceño.

—¿Qué cosa?

—La forma en la que mirás todo —explica con calma—. No es la de alguien que viaja seguido. Es más… como si estuvieras intentando reconocer algo que cambió.

La respuesta me toma por sorpresa, no porque sea incorrecta, sino porque lo es demasiado.

—Sos observador.

—Depende.

—¿De qué?

—De la persona.

Sostengo su mirada un segundo más de lo que debería, intentando descifrar si hay algo detrás de esa respuesta. No encuentro nada evidente, y eso es justamente lo que me incomoda.

—¿Y vos? —pregunto, más por equilibrio que por interés—. ¿Vas o volvés?

—Un poco de las dos cosas.

—Eso no dice mucho.

Una leve sonrisa aparece en su boca, apenas insinuada.

—No siempre es buena idea decir demasiado.

La respuesta no es evasiva, es deliberada, y curiosamente no me molesta tanto como debería.

El avión comienza a moverse lentamente, preparándose para el despegue, y la vibración leve bajo mis pies me devuelve a algo más tangible, más real.

—¿Miedo a volar? —pregunto, notando la tensión en su postura.

Miguel suelta una pequeña risa, breve, controlada.

—Un poco.

—No parece.

—No me gusta parecer débil.

Lo dice sin dramatismo, como si fuera un hecho más que una confesión.

—Eso no es debilidad.

—Depende de quién esté mirando.

Hay algo en esa frase que no termina de ser superficial, pero no lo presiono.

Se quita los auriculares del cuello y comienza a buscar algo en su teléfono.

—¿Qué hacés?

—Mi método.

—¿Método?

—Si escucho la banda sonora de Superman durante el despegue, nada puede salir mal.

Lo miro unos segundos antes de reír.

—Eso es ridículamente específico.

—Funciona.

—¿Siempre?

—Sigo vivo.

No puedo discutir con eso.

—Bueno… entonces espero que hoy también funcione.

Miguel asiente, pero esta vez no sonríe.

—Va a funcionar.

Hay algo distinto en la forma en que lo dice. Más firme. Más definitivo.

El avión acelera y siento cómo la presión cambia mientras dejamos el suelo atrás. Instintivamente cierro los ojos un segundo, dejando que el cuerpo se adapte al movimiento. Cuando los abro, noto que Miguel no está mirando hacia adelante.

Está mirándome.

No de forma invasiva, pero tampoco casual.

—¿Qué? —pregunto, sin poder evitarlo.

Él no se sorprende.

—Nada.

—No parece nada.

Hay una pausa breve, como si midiera la respuesta.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

Esta vez tarda un poco más.

—En que este viaje es importante para vos.

No es una pregunta.

—Lo es.

—Se nota.

No insiste, no profundiza, pero la forma en que lo dice deja algo abierto, algo que no termina de cerrar.

Apoyo la cabeza contra el asiento, mirando hacia la ventanilla sin ver realmente el paisaje. Mi mente vuelve a lo mismo, una y otra vez: a lo que vine a hacer, a lo que me espera, a él. Y, sin embargo, hay algo que no encaja del todo.

Porque no puedo dejar de pensar en otra cosa.

En alguien más.

En la forma en que me miró antes de subir.
En cómo parece notar detalles que otros pasarían por alto.
En esa sensación leve, persistente, de que no todo en esta situación es casual.

No es suficiente para asustarme.

Pero sí lo suficiente para incomodarme.

Y eso, en este momento… ya es demasiado.

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